Tiempo
Brunet Marisol
Mojácar, Almería, España
Modern Hebrew
Jue, 2011-09-08 18:32
Cuando me invitaron a estudiar, pensé: “veremos lo que te va a durar el caprichito”. No tuve que cambiar esos pensamientos por otros más positivos, porque desde el primer momento que entré en contacto con la gente y los libros, me pareció que en algún espacio y tiempo, mi vida tenía algo que ver con el Hebreo y tal vez por ello no se me hacían extraños ni los sonidos ni el alfabeto. Para mi lección semanal por internet,cada domingo,tengo que desplazarme a una oficina que está a siete kilómetros de donde vivo y la gente se extraña que un día festivo como el domingo pueda ser laborable en algún lugar del mundo algo alejado de su ombligo. Entonces tengo que hablarles de Israel y de que para los Israelíes, el domingo equivale a un sábado.
El segundo domingo de junio, al regresar de mi clase online, encontré a mi hermana que venía en dirección a mi coche, hablando con la francesa. Mi hermana estaba llorando, así que pensé que le había pasado algo a uno de sus gatos. Papá está muerto, dijo. No di crédito a sus palabras y una vez dejé el coche en el garaje, fui directamente a su cuarto, pensando que aún si había dejado de respirar, nada iba a impedir que yo lo reanimara. Dormía. Puse mi mano sobre su frente, pero mi tacto sólo recogía frío y rigidez; todo su cuerpo estaba anquilosado y cuando quise mover su brazo izquierdo y sobretodo abrirle la mano que mantenía en un puño cerrado a la altura de la sien, no me obedeció. El médico dijo que hacía unas cinco horas que había muerto, lo que quiere decir que había dejado de respirar a las seis, que es la hora en que yo me levanto, desayuno y me preparo la lección de la semana. Me había ido a la lección, había reído con ganas los habituales chistes involuntarios con mi profe y con los compañeros de mi grupo y me creía la dueña de todas las noticias de mi vida, cuando, a eso de las siete había pasado por su puerta sin advertir que en el mayor de los silencios, se había ido para siempre.
El tiempo no es lo que vemos, me digo cuando contemplo el reloj que le quitamos de la muñaca al llevarlo al tanatorio. El tiempo no es lo que vemos, repite mi corazón ahora, a un ritmo más pausado. Sabemos lo que nos va a ocurrir con eso de la muerte, pero no sabemos cuándo. El reloj de mi padre me lo he quedado yo porque lo necesito. Está escacharrado y va a ratos, como ciertos sentimientos, que a veces se activan y a veces dejan de funcionar. Al irse de ese modo, he llegado a la conclusión que mi padre me dio tiempo. El tiempo es una cosa muy difícil de regalar y desde lo más profundo de mi corazón se lo agradezco.
